Por qué 1,2 millones menos

Asombro, caras largas, unas horas para asimilar y el día después la pregunta: ¿Qué ha pasado con los 1,2 millones de votos que Podemos ha perdido, pese a aliarse con Izquierda Unida? “Las encuestas decían que los votantes de Podemos acudirían a las urnas. El votante no miente, si hemos fallado es por nuestra falta de capacidad de análisis. No hemos sido capaces de detectar ese movimiento.” Son las palabras del sociólogo y presidente de GAD3, Narciso Michavila. En efecto, el Sorpasso, ese que tantas portadas ha llenado, no existe. ¿Qué ha pasado entonces?

– Ese más de un millón de personas decidieron quedarse en casa el 26J. La ilusión del 20 de diciembre ya no es la misma.

– Otra hipótesis es el voto nulo, blanco o el traspaso a Ciudadanos, que ha enfocado esta campaña en el “no a Rajoy” y en el “voto por el cambio”.

– También juega el perfil de la abstención en estas elecciones. Si el 20D muchos castigaron al Partido Popular, esta vez quien defrauda es el nuevo.

– La unión a veces divide. Los votantes de Izquierda Unida podrían haber castigado ese enlace entre Iglesias y Garzón en las urnas. Los acuerdos pueden sumar cuando se hacen con mucha previsión de futuro. Si no, restan. Izquierda Unida recibió 922.558 votos en diciembre. El barómetro electoral del CIS del mes de abril reflejó que un 29% de los que votaron entonces a IU “con toda seguridad no votaría nunca” a Podemos. Pablo Iglesias intentó convencerlos en las últimas semanas poniendo como cabeza visible al líder de Izquierda Unida. Podría no haber sido suficiente.

Se puede ser amante de las teorías de la conspiración, pero en pleno siglo XXI si se detectara un pucherazo se desataría como mínimo la revolución. Por lo tanto, y confiando en que no cabe esa posibilidad tan torticera, lo lógico es pensar que una encuesta detecta los deseos de votar de la gente cuando se le pregunta, pero no lo que al final ocurrirá.

El elector ha dejado claro con su voto que no le gustan los extremismos y ha votado al Partido Popular en parte por miedo más que por los logros de Mariano Rajoy. No debería transmitir la idea de vencedor absoluto, como intentó demostrar anoche. Pasado el trago, ahora será necesario que todos los partidos decidan con madurez el camino de este país. El electorado ya ha hablado. Una tercera vez sería un abuso.

Brexit es sólo la punta del iceberg

No termino de creerme que Reino Unido no se sintiera parte del proyecto europeo. Una cosa es que participara a medias. Otra que de verdad pretendan la desintegración que, a la larga, o desde el comienzo, le estallará en la cara. Pero…¿por qué esta labor mediática de presión ante lo que puede que sea el referéndum más importante de la década? 37.600 millones de euros perdidos en tres días. El IBEX huele el miedo y los buitres ya comienzan a rodear al muerto. Hay opiniones para todos los gustos, pero voy a dejar algunas de las claves del debate que ya comienza a escucharse en cada vez más plazas, tanto es así que hasta ¡Cameron! viaja este jueves a Gibraltar para parar pies.

  • Estados Unidos, salvo Trump, teme que la catarsis también afecte a la alianza transatlántica. La Reserva Federal mantiene los tipos de interés por miedo a lo que pueda ocurrir. En su discurso en el mes de abril, Barack Obama recordó a los británicos aquel discurso de Churchill para mantener unidos a los británicos ante una temida Tercera Guerra Mundial. «La Unión Europea magnifica la influencia de Reino Unido y sus valores en el mundo (…) la amistad implica ser honestos». Obama mira todos los días el busto del estadista británica con el sudor frío del que aprecia que los lazos pueden perderse en cuestión de días.
  • Los defensores del Brexit dicen que la economía británica mejoraría con la ruptura. El Gobierno podría invertir más en otros sectores al dejar de tener que aportar al presupuesto comunitario. ¿Tanto es así? Reino Unido aporta cada año 1.000 millones de euros a las arcas públicas. Cierto es que dejaría de hacerlo, pero por otra parte su PIB podría caer entre el 2% y el 3%, por no hablar de la disminución de su flujo comercial con los que hoy son sus socios. 
  • Siguiente jugada para evitarlo: el conservador George Osborne avisa de su plan de ajuste de emergencia: 30.000 millones de libras (38.000 millones de euros): la mitad con una subida de impuestos y la otra mitad recortando el gasto público. Y las aguas también están movidas en su propio territorio. Las encuestas están a favor de los partidarios de que Bruselas salga del Euro. 57 diputados tories han anunciado que bloquearían el plan de ajustes. 
  • Con ese plan de ajuste los tipos básicos del impuesto sobre la renta subirían dos puntos hasta el 22%, y el tipo impositivo máximo pasaría del 40% al 43%. Las cargas fiscales sobre las herencias y transmisiones patrimoniales también serían mayores. También las del alcohol y el petróleo. 
  • ¿Y si, pese a las advertencias, Reino Unido acaba saliendo de la Unión Europea? entonces se aplicaría el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea firmado en 2009 que introduce la novedad del proceso de salida voluntaria de un Estado, aunque con la previa negociación del resto de miembros. Si a los dos años no se ha llegado a un acuerdo, el país abandonaría el club. No tenemos experiencia en este proceso, y puede ser «divertido».
  • Con todo, los hay menos pesimistas. Reino Unido no es como el resto de miembros, ni tampoco participa en la moneda común o el espacio Schengen. También hay que recordar que ya ha conseguido un trato especial con el que David Cameron chantajeó al resto de socios y mediante el que conseguía limitar la entrada de emigrantes al país. Quizás ahora quienes lo sufrieran no somos tanto el resto como ellos.

La Asociación Española de la Banca pedía esta semana desdramatizar la cuestión. Europa hace tiempo que se convirtió en un caldo de cultivo de todo tipo de problemas que van más allá del problema inglés: nacionalismos, fronteras, egoísmos. No, Brexit no es el problema. O no el único.

 

 

 

 

 

 

 

 

Unión Europea: la patata caliente

“No existen ya problemas importantes que sean exclusivamente alemanes o incluso exclusivamente europeos. Tendremos que aprender a pensar y a actuar en términos mayores. (…) No deberíamos pensar que ciertos países están lejos de nosotros y por tanto no nos interesan”. Konrad Adenauer, padre fundador de la Unión Europea, ya ilustraba en 1955 con cierta predicción casi de corte astrológico lo que nos ocurriría. Han pasado 65 años de la firma del Tratado que hizo que este continente sacara pecho y los acontecimientos y la forma con la que la Unión Europea los está afrontando están haciendo tambalear los cimientos hacia lo que muchos ya se atreven a denominar déficit democrático.

El primer gol llegó con la crisis económica. Son cada vez más las voces que auguran que la próxima burbuja no será inmobiliaria, sino fruto de la política monetaria expansiva de Mario Draghi, que tras la catástrofe de 2011 hizo respirar a los mercados pero no borrar de un plumazo uno de los verdaderos problemas europeos, un bajo crecimiento que según el Fondo Monetario Internacional no superará el 1,5% este año. El Banco Central Europeo compró el año pasado deuda por valor de 60.000 millones de euros al mes. A partir del mes pasado, 80.000 millones. El problema europeo se llama deuda y aún no lo queremos terminar de ver. ¿Alguien se acuerda de los eurobonos? La falta de acuerdo en debates como este demuestra que no hay una verdadera unión monetaria. Y aprobamos por la mínima al afrontar el drama griego, portugués y –casi– español.

El segundo gol ha llegado desde fuera. El poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger es duro en Ensayos sobre las discordias. La caída del Muro de Berlín y los 27 años que nos separan de aquel acontecimiento histórico demuestran que tampoco hay una real unión social. Como asegura el alemán, “el egoísmo de grupo y la xenofobia son constantes antropológicas anteriores a cualquier otra forma social conocida”.  El iusnaturalismo que defendía John Locke, según el que los seres humanos gozamos de unos derechos innatos e inviolables como la vida, la libertad o la propiedad y la consecuente teoría pactista quedan ensombrecidas por las consecuencias de esos mismos derechos defendibles hasta el último extremo. Somos egoístas por naturaleza porque somos tan libres como defendía Adam Smith. Decir lo contrario es caer en una torpeza que confunde la unión para en realidad maximizar nuestras libertades individuales con otra suerte de utopías falsas.  Y ese egoísmo nos lleva a poner por delante nuestra seguridad individual.

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