El mundo turbio ante Brassaï

Él, el fotógrafo, se adentra en el prostíbulo con su ayudante, el “cómplice”, compañero de batallas y dueño del “posado-robado” que aparecerá en sus negativos. Ella, la madame, le recibe con insignificancia. Otro loco voyeur más, opinará. Y ella, la prostituta, volverá a romper su dignidad una noche más. Lo sabe, pero no lo piensa demasiado, y el halo de recato quedará en su cara tapada por el fogonazo de la cámara. Son los bajos fondos de París de los años 30. Es la Europa que respiraba alegría antes de la Guerra. Después costaría volver a reír cigarrillo en mano. Y ese mechón engominado en la frente. Son curiosas las modas. Las de ahora y las de entonces. Pero, supongo que por el paso de los años, aquéllas transmiten una sensación de glamour entre lo chabacano.

Brassaï esperaba a la autora en la Fundación Mapfre como esa inspiración que al artista muchas veces le llega admirando los trabajos de los demás. De los que valen esa admiración, más bien. Y al salir se ve a sí misma imitando su estilo en las calles de Madrid. No queda demasiado para que pase un siglo entre unas y otras. La capital es un estallido de obras, como todos los veranos, pero este año, por aquello de que los comicios están cerca huele a yeso por todas partes. El centro es la gran maraña en la que nos gusta meternos. Luego lo agradeceremos, pero este año no.

Y Brassaï teletransporta al Lapin Agile de Montmartre. Es curioso, todo sigue (casi) como estaba, si no fuera por el estilo de las protagonistas de la foto, cuidado como hoy una instagramer ante sus followers. Entonces ellas no sabían que hoy estaríamos mirándolas con curiosidad, en pleno 2018 y casi tan descolocados como entonces. Brassaï tenía esa capacidad que pocos tienen, la de encontrar la perfección en lo banal.

¿Qué te inspira un árbol? A la mayoría un tronco con ramas, hojas y flores. A Brassaï un compendio de geometrías de distintos colores, la corteza del plátano que marca el inicio y fin de una estación, como si se tratara de la piel a punto de caerse, las escamas de una serpiente a punto de mudar. He ahí esa maravillosa unión entre los seres vivos. Unidos por células muertas. Los tejidos de la naturaleza.

El surrealismo de principios del siglo XX buscaba lo maravilloso en lo cotidiano. Pero es que lo segundo es el verdadero milagro. Brassaï era el ojo de París, como así lo apodaba su amigo Henry Miller. “Lo que más ambiciono es hacer algo nuevo y penetrante con lo banal y lo convencional, mostrar una faceta de la vida diaria como si se viera por primera vez”. El insomne lee o cuenta ovejas para dormir. Él salía a la calle a buscar luces, sombras, cortes geométricos. La ininterrumpida continuidad de la civilización.

Seguir leyendo en www.lasemana.es

Compra el catálogo sobre Brassaï



El preso 46664

Ley de Prohibición de Matrimonios Mixtos: no podrás casarte con personas de otras razas.

Ley de Áreas de grupo: Los grupos étnicos se separaron por zonas.

Ley de Nativos: Un negro no podía desplazarse del campo a la ciudad.

Ley del Trabajo de Nativos: los negros no pueden hacer huelga.

Ley de Servicios Públicos Separados: letreros para blancos y para negros.

Ley de Extensión de Educación Universitaria: blancos y negros no pueden ir a la misma universidad.

Los agujeros negros que deja la historia son tan crueles que creo ninguna película ni libro puede trasladar al espectador y lector ávido de conocer. Las palabras escritas más arriba se clavan en la retina, son hoy tan incomprensibles que nos obligan a releerlas. No puede ser. Lo fueron. Existieron y lo peor es que pese a los esfuerzos de alguien con la fuerza suficiente de detenerlas han dejado un poso.

El preso 46664. Hoy una marca de ropa que no usa su cara. Una mano extendida que pide justicia social. Ese término que entra dentro del diccionario de la Sociología del siglo XXI pero que clama un hueco en la historia de Sudáfrica desde al menos 300 años, tiempo durante el que la esclavitud se cebó con los que menos tenían en Sudáfrica. El apartheid (o separación) suena fuerte, como el yugo a los negros que no podían pisar los mejores parques y playas. Como otra aberración humana más. El país más racista del mundo en el que conviven once lenguas oficiales, el lugar al que llegaron portugueses y franceses huyendo de Luis XIV.

Y brota el milagro con un número: el 46664. El preso que durante 27 años vivió, si el verbo lo merece, en la cárcel para salir después con la virtud del perdón sigue siendo la figura clave para entender lo que ha pasado en Sudáfrica, donde el racismo aún amenaza con salarios más bajos para la población negra, que gana seis veces menos que la blanca. El sistema de leyes más cruel aún conserva raíces porque ni siquiera Nelson Mandela ha conseguido erradicarlo. Porque un cuarto de siglo después y pese a que por ley todos sus habitantes tienen derechos, los deportivos y las casas de lujo están a un lado de la calle, las chabolas de los township al otro. El sistema de segregación es más antiguo que el propio Apartheid, con normas jurídicas dictaminadas sin pudor en 1913, 1923 y 1936.

El oro que convirtió en pobres a sus habitantes, el disfrute de miles de europeos que llegaban a sus tierras en busca del preciado metal y que originó revueltas que terminaron en más esclavitud. Mucho le ha costado a la sociedad europea darse cuenta de la desigualdad en su población que debería disfrutar como potencia económica de un país del que brotó durante más de 100 años el 70 por ciento de oro del mundo, pero que realmente se convirtió en una condena que enterró miles de vidas.

Hay que estar preparado para morir como se sentía Mandela para no importar dejarse la vida para acabar con el odio segregacionista y evitar una guerra civil a punto de estallar. Mientras el régimen se debilitaba y aumentaba la presión internacional, recorrió varias cárceles con la mente fría del que tiene un objetivo, nada más que salvar su pueblo. Por esas agallas es incomparable su figura, pese a salirle “competidores” en contextos ni por asomo con la capacidad de acercarse a lo que consiguió. Habría que darles quizás unas clases de historia o deslizarles a Junqueras o Tardà las leyes del Apartheid cuando invocan a Mandela para comparar contextos.

Sigue leyendo en en www.lasemana.es