La fantasía geek que suena en Silicon Valley

La comunicación no verbal es en la guerra casi igual o más valiosa que la verbal, puesto que cerca al enemigo hasta acabar con él. La telepatía ha sido usada de la manera más descabellada para ganar una contienda. Los investigadores soviéticos implantaron en 1964 electrodos en una coneja a la que alejaron de sus crías a miles de kilómetros para después matarlos. “Su cerebro experimentó una punzada de dolor en el preciso momento en el que mataban a sus crías”. El relato de Ostrander y Shroder (1970) demuestra hasta qué punto aliados y enemigos han jugado con los sentimientos más íntimos de las personas, recluidos con ahínco en nuestra mente y que nadie ni nada les puede arrebatar. Son el secreto mejor guardado de cada uno de los individuos, el elemento que dota al ser humano de una mínima libertad. Decía Lord Byron que aunque se quedara solo, no cambiaría sus libres pensamientos por un trono. Hasta que llegó Silicon Valley. 

William Davies dibuja en Estados nerviosos (Sexto Piso, 2019) el escenario actual, donde la palabra guerra ya no se escribe en pancartas sostenidas por hippies que salen a la calle para proclamar la paz, sino que el tablero del ajedrez bélico forma parte de los algoritmos, de las redes sociales, de esas máquinas que sin quererlo, nos manejan aunque creamos tener el poder sobre ellas. La historia sostenida por Spike Jonze en Her salta a la realidad de la manera más retorcida. ¿O no? Si los ordenadores fueron creados para combatir en el plano físico, ¿por qué no iban a hacer lo mismo en el campo mental? 

Silicon Valley sigue siendo como el Área 51 de los datos, donde la fantasía geek merodea en todos sus pasillos mientras los demás presumimos de relojes inteligentes que miden nuestra saturación de oxígeno en sangre. Ese debe ser el aperitivo de la posmodernidad cuasi alienígena donde la comunicación pasa ya no de móvil a móvil, sino de mente a mente. Y la cosa no va de teorías conspirativas negacionistas, sino de las propias ilusiones de los todopoderosos Mark Zuckerberg o Elon Musk: privatizar la comunicación de tal manera que podamos mandar a nuestro interlocutor nuestros propios pensamientos y viceversa. Davies sitúa el inicio de este proceso de hacer observable la mente en la obra de Charles Darwin y define el siglo XXI como aquel en el que la misma se transforma en un cerebro físico. Eficiente y calculador. La teoría cartesiana ha llegado a su fin. 

El sociólogo británico dedica una parte importante e interesante de la obra a detallar las bondades y peligros de la inteligencia artificial, pero también a desentrañar las emociones de la guerra entendida como concepto físico y lo que hoy entendemos como tal en el plano de los sentimientos en un contexto contemporáneo de auge de los populismos y el cuestionamiento de los expertos. Desde un punto de vista quizás derrotista quizás realista, defiende que las democracias están siendo transformadas por la fuerza del sentimiento hacia una forma para la que no hay vuelta atrás. Pese a que algunos medios de comunicación e instituciones tratan de asentar el concepto fact-checking entre la población, parece que la sociedad ha entendido que “recurrir a la objetividad y a las pruebas rara vez mueve a la gente física o emocionalmente”. Hasta el punto de a la “multitud ya no le importa lo que se dice, sino meramente lo que le hace senitir”. 

El siglo XXI es un tiempo de progreso de unos pocos y alineamiento de muchos más. La división entre guerra y paz se difumina y el conocimiento se convierte en un arma. Y entre esos conceptos bucea el autor en un libro interesante en fondo y forma, con una acertada historía de la estadística y el origen del conocimiento experto durante la Ilustración para la actuación de los Gobiernos. Pese a algunos errores en la edición del mismo, el mismo transcurre con cierta ligereza en su lectura entre debates abiertos en la última década sin sonar a tópico que giran en torno a las emociones. Algunas de ellos, como el resentimiento, tan peligrosa para desatar una guerra, como argumentaría Clausewitz. Y una afirmación implacable del mismo Vladímir Putin: el país que lidere el mundo de la inteligencia artificial dominará el siglo XXI. Y que nuestro cerebro no sea el de aquella coneja. 

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