Fuego y cenizas - Golpes de tinta

Fuego y cenizas: el fracaso de la política

Analicen la obra de Weber, Tocqueville o John Stuart Mill. Y ahora repasen sus vidas políticas. ¿Por qué discurren por caminos distintos? Un alto porcentaje de la teoría que hoy se imparte en las universidades no es sino la reflexión de la política que requiere la sociedad tras haber vivido de cerca el fuego y haberse quemado con él. El político escucha la llamada hacia el servicio público teorizada por Weber, pero después debe conjugar la nobleza con la astucia política. El cóctel que vivirá ya no sólo en las urnas, sino en la difícil conjugación entre la arena física y la que se vive en las redes sociales, mucho más cruel, sólo salvará a los más fuertes. 

El título del libro escrito por el intelectual y el que podría haber sido primer ministro de Canadá, Michael Ignatieff, Fuego y cenizas, resume su incursión en el salvaje circo político. Apasionante, pero complicada cuando terrenos como el parlamentario están en sus horas más bajas. “Un arte carismático, dependiente de la capacidad de persuasión, de la oratoria y de una perseverancia a prueba de bombas”, puntualiza el autor. 

Ignatieff escribe este manuscrito para pactar la concordia con su pasado y alertar a las jóvenes promesas de las reglas no escritas de la política moderna. Es también la confesión de la trastienda del liberalismo en el siglo XXI, que lucha a contracorriente por no ser devorado por las fauces del resto de corrientes políticas, donde el nacionalismo lleva asomándose desde hace tiempo para quedarse, donde los extremos se tocan hasta devorar al centro. Pero para el académico de las prestigiosas universidades de Cambridge, Oxford o Harvard, aquella primera llamada le sonó apetitosa. ¿Por qué no intentarlo? Tanto como para convertirse en el líder del Partido Liberal de Canadá desde 2008 a 2011. Ambicioso, con la crisis económica como mayor prueba para novatos. Pero por encima de todo ello hay algo mucho más complicado de sobrellevar. 

Ignatieff hizo muchas cosas bien, pero una muy importante le expulsó con fuerza de la rueda política. Como buen académico y conocedor de las teorías básicas de esta ciencia, trató de evitar lo que apunta a estar a punto de desaparecer: la vinculación con lo físico. Que el lugar de la política sea el salón de actos, bares, restaurantes o fiestas patronales. Cuando la democracia tiene su único contacto con la sociedad a la que sirve a través de las pantallas de televisión o las redes sociales “tendremos problemas, porque estaremos totalmente en las manos de los asesores de imagen y de las fantasías que inventan”. ¿Les suena de algo? El marketing político se ha convertido en la asignatura troncal de cualquier candidato. El alma de la perpetuación ejecutiva, a costa de prácticas en ocasiones de dudosa legitimidad. Pero es la realidad y no queda otra que aceptarla. 

Y la inocencia pudo con Ignatieff. O quizás el exceso de nobleza. Cuenta en Fuego y cenizas que en una ocasión una periodista le confesó que era el tipo de campañas que él practicaba las que le habían animado a estudiar su profesión. Donde el candidato no era una estrella del pop rodeada de matones, sino una persona con capacidad de escuchar a los demás para después darle sentido a sus discursos y a sus acciones. De sentarse con la prensa en autobuses y aviones, cuando hoy todo parte de una estrategia y se penaliza la enpontaneidad. Paradoja de la política, porque es precisamente su manera de hacer política la que en realidad se acerca a los votantes. Pero tarde, se dio cuenta tarde de que las campañas son ya permanentes. Y la astucia debe dominar al candidato para saber diferenciar los golpes bajos. Y fue entonces cuando le atizó la peor de las bofetadas: la publicidad negativa. 

Y cayó en la cuenta de que un anuncio en plena super bowl podría hundirle la carrera aunque ello suponga tergiversar la realidad. En un contexto de volatilidad del voto cada vez más individualizado, donde no se eligen partidos sino candidatos, “se puede manipular de igual forma que los anunciantes manipulan la compra de una pastilla de jabón”. El ciudadano queda anulado y llevado por el camino intencionado de los estrategas. Y con ello minusvaloran la importancia de su decisión, que pese a algunas corrientes que arrojan votos improvisados, es en realidad “la expresión de lealtad simbólica”. 

Merece la pena leer la experiencia de la derrota cuando además está hecha desde la humildad absoluta de un político con una mente abierta y por tanto libre de inicio, el rara avis que sabemos nunca triunfaría hoy en política por, entre otras razones, la disciplina de partido: “si un político no es partidista, no da la cara por las ideas de su equipo y comienza su propia línea de discurso, no es un político sino un necio (…) pero para muchos votantes la política partidista es un espectáculo hipócrita realizado en beneficio exclusivo de la clase política”. 

“Aprendí que uno no puede refugiarse en la pureza moral si quiere lograr algo pero, de igual modo, si sacrifica todo principio, uno pierde la razón por la que entró en política”. ¿Sacrificamos todo principio al poner por delante de todo la lealtad? 

Fuego y cenizas promete una reflexión sobre la realidad democrática que estamos viviendo. Esa de titulares fáciles, de guerracivilismos y caceroladas de desahogo. Convertir los adversarios en enemigos, sin caer en la cuenta que mañana pueden convertirse en aliados, es el gran error de nuestro tiempo y por el que precisamente existen los parlamentos. ¿Pero qué son hoy los parlamentos y el debate cuando el poder recae de lleno en el Ejecutivo y la Administración? Esta última reflexión no sólo es la conclusión vivida en su propia existencia. Es letal y real, porque certifica el camino a la perdición en la que nos encontramos en nuestro propio país cuando su propósito es salvarnos de lo peor. ¿Fracasó Ignatieff o lo ha hecho la política?

El miedo como supervivencia

El silencio casi se escucha. Irremediablemente ya casi nos hemos acostumbrado. Dos vecinas charlan a través de la ventana. Una de ellas debe rondar los 80 años. Pese a su edad es una señora incansable. De esas que se conocen a todos los tenderos del pueblo, que disfruta la vida de barrio. De zapatos acostumbrados a pisar asfalto, es difícil no coincidir con ella en algún momento de la semana. Tiene que estar deseando que esto acabe para arañar un poco más la vida. Debe reprimir sus ganas de volver al compadreo del día a día y conformarse con asomarse a la terraza. Y da gracias. Hoy ha salido a aplaudir a las 20:00 por primera vez. Siempre salimos los mismos, con el ánimo acelerado por la iniciativa de uno de ellos de sacar un altavoz y poner un repertorio diario y en este orden: Resistiré, Paquito el chocolatero y Y viva España. Todos los días le damos las gracias a Marcos. Porque ese detalle es importante para sobrellevar la carga. 

Y así vivimos en una burbuja diaria, entregados al Estado de Alarma y a las necesidades de una sociedad que ya ha cambiado. Muchos ya ni siquiera encienden la televisión o leen la prensa. Algunos hartos de discursos evocadores de un discurso churchiliano que en 2020 está fuera de contexto. Con un plano de Pedro Sánchez cada vez más cerrado. “Ciérralo, ciérralo, que se me vea el brillo dramático en los ojos”. Es un recurso muy recurrente y que termina de bordar el texto de aquel que escriba los discursos presidenciales, sobre todo cuando existe una notoria falta de carisma con el público. Cuando la dialéctica va antes que la práctica. 

Pero lo que la mayoría siente es miedo. Mucho miedo, natural y ligado a la supervivencia del ser humano. Porque la realidad hoy duele, y mucho. Y la que está por venir. Duele por la impotencia como ciudadanos de no poder hacer nada ante una situación que se escapa ya del entendimiento en un momento en el que creímos que podíamos encajar los envistes de la vida con el ancho de banda y muchos Gigas. 

“¿Dónde vamos este verano, a Tailandia o a Japón?”. El devenir del ser humano se ha acostumbrado al gozo de la globalización. No habíamos caído, o no queríamos ver, la letra pequeña del contrato que habíamos firmado con el resto del planeta. El confinamiento puede ayudarnos a bajar al terreno de las emociones, de la vida contemplativa, del entendimiento de nuestra existencia. Al no existes sólo tú, existen otros más. Como ciudadanos tenemos una misión: evitar la catarsis de un mundo que aún debe prosperar, aunque quizás en otra dirección. En la búsqueda de otra cosa. 

Decía Nietzsche que el ser humano tiene que aprender a “no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas”. Lo contrario, que es la trampa en la que muchos hemos caído, es una enfermedad síntoma del agotamiento extremo. La revitalización de la vida contemplativa nos ayudará a saber mirar. A saber mirar a esa señora que contempla las calles vacías. A valorar como oportunidad lo que nos queda por hacer en esta vida cuando la pesadilla termine. Era un error pensar, como asegura en La sociedad del cansancio Byung-Chul Han, que cuánto más activo uno sea, más libre es. No tengan miedo al miedo. Eso sólo significa que sentimos como personas. Como el barrendero que esta mañana dejaba en el escaparate un mensaje junto a un ramo de flores improvisado: “Gracias a todas las farmacéuticas”.

La novia gitana: poco apto para insomnes

La novia gitana3:00 AM. El reloj dictamina que me he pasado del límite mental para aguantar con solera el día que arranca en escasas horas. E l culpable es una novela negra. Una de las buenas, porque de lo contrario la literatura actúa como potente somnífero. Y es que las últimas páginas de La novia gitana, de Carmen Mola, son para devorarlas. No me suele pasar, creo que son pocos los libros que consiguen enganchar de esa manera.

Ya me avisaron. “Ojo, que es duro”. Y tanto que lo es. Insisto, son las 3:00 AM, he terminado de leer el libro y espero más. Sin intentar caer en el spoiler, el primer tomo de la autora pide más. Y no paro de realizar recreaciones mentales de lo que he leído. Como si hubiera visto con mis propios ojos un asesinato que va más allá de las pistolas. Veredicto: es una obra de las buenas. Pero tan bestia que hay ciertas escenas macabras que no consigo quitarme de la cabeza. Pero eso significa que es buena. 

Con los best seller pasa como con los restaurantes de moda. No sabes si son excelentes de verdad o el boca a boca ha hecho que nos lo creamos. ¿Cuántos autores desconocidos habrá que tengan potentes manuscritos como el que acabo de terminar esperando que un editor se los compre? Era el momento de Carmen Mola, la misma que se confiesa lectora más que escritora. Porque para escribir un buen libro hay que leerse otros tantos. 

Son las 3:00 AM pero me quedo con las ganas de saber más sobre la autora que firma con pseudónimo, lo que le da aún más puntos. Su cuidada manera de narrar el asesinato de dos jóvenes gitanas educadas como payas, el devenir sobre los posibles autores de los homicidios y la despiadada manera de hacerlo me producen una intensa curiosidad. ¿Quién es? 

Esta es la única pista de la que dispongo: “Carmen Mola (Madrid, 1973) es profesora de universidad. Vive en Madrid con su marido y sus tres hijos. La novia gitana es su primera novela”. Alfaguara no nos desvela más. ¿Tiene algo que ver la autora con la trama? ¿en qué se inspiró?

Mis intentos acaban por frustarme, pero encuentro este artículo de Zenda Libros en el que María Fasce cuenta cómo se produjo el flechazo entre la escritora y la editorial. Cómo el manuscrito llegó a las manos de la agente literaria Justyna Rzewska sin saber quién estaba detrás y cómo encandiló también a Alfaguara. Todos querían conocerla y ella (o él) no se dejaba. Si la novela es un éxito puede no caer en las mieles del mismo bajo su capucha del anonimato, y si fuera un fracaso “no tendría que dar explicaciones a nadie”, como asegura a la autora del artículo. 

Una inspectora con personalidad propia y un equipo policial variopinto que son la joya de La novia gitana, ambientada en un Madrid con detalles que no se le escapan al que conoce la capital. La autora conoce bien la ciudad y el libro respira aires castizos. El libro es también una crítica al racismo que todavía rodea a la etnia gitana (lean el libro y verán) y una oda al protagonismo de la mujer en profesiones en las que hace unos años ni lo hubieran soñado. 

Son las 3:00 AM y ya estoy deseando hacerme con La red púrpura, la continuación de La novia gitana. 

Poesía en verano: Antonio Machado

El verano es ese que nos lleva de nuestra tierra a destinos soñados en periodo laboral, donde el agua salada aclimata los cuerpos bañados en calor a la mojama. Y ahí nos vemos, año tras año, cargando el petate rumbo a nuestro destino vacacional. Tres, cuatro, cinco horas. Incluso seis. Es igual, tarde o temprano pasaremos por los campos de Castilla. Tierras labradas y casi todas secas, amarillentas del sol que quema hasta las ideas, que encierran los pensamientos de quien las ha trabajado. Y cuando dejamos pueblos atrás en esas rectas soporíferas -y sin quejarse, que veinte años atrás los atravesábamos uno por uno- siempre me pregunto: ¿y cómo será la vida de las personas que los habitan? Y les haría un CIS detallado a prueba de cocinas para averiguar cuánto les separa su vida de la mía. 

El verano es tiempo de lecturas dedicadas a este tiempo, que deberían tener un rincón especial en las librerías de cada casa. Y quizás también para la poesía, porque es ahora cuando podemos digerirla, analizarla y sacar el provecho necesario de lo que no quieren y quisieron contar. Antonio Machado está en esa lista. En la de los escritores que consiguen emplazar al autor no al lugar de los hechos, sino al pensamiento de los implicados. De cómo Castilla influyó en Machado porque él se dejó influir por ella más allá de atravesarla carretera a través. 

Para entenderle tenemos que transportarnos hacia la lírica de su tiempo de raíz simbolista-modernista de influencia francesa, que decidió erradicar en Campos de Castilla (1912) y de ahí la clave de este libro en el que la pérdida de su querida Leonor le rompe por dentro y con la sociedad en la que vive. Un libro escrito en dos tiempos completamente distintos del autor es una joya porque es una apertura de su alma al lector y por ello ese acto de sinceridad le tenemos que estar agradecido. 

Porque Machado se distancia de la verborrea y el estilo alejado de la realidad para mancharse las manos con la tierra de su querida Soria y Baeza, donde vive con melancolía y tristeza sus recuerdos de un pasado fructífero. Decide abandonar el traje del escritor que en tiempos presentes podría ser el de un influencer para decirle al mundo su realidad, tal y como es, con sus dichas y desgracias. Del “yo” a “lo que me rodea”. 

“¿No seremos capaces de soñar con los ojos abiertos en la vida activa, en la vida militante?”

“¿No seremos capaces de soñar con los ojos abiertos en la vida activa, en la vida militante?” Se pregunta el autor en el momento álgido de su vida, el soriano y el que vive ese “yo” con intensidad, para luego convertirse en el hombre contemplativo que observa la vida que le rodea. Y por eso es su obra más sincera, provechosa, y de profunda reflexión para el que la lee.

Y más allá de su desgarradora vida personal, ¿qué conclusiones podemos extraer de sus poemas?  La conclusión de su propio CIS sobre las tierras en las que vive es un tanto desalentadora: “atónitos palurdos sin danzas ni canciones”. Así describe una sociedad ya no sólo sufre de pobreza material, sino también moral de un tiempo decadente. Segundo: el caminante español es el de entonces y el de ahora, el de “una España que muere y otra que bosteza”. Y da igual que la poesía quede escrita a principios del XX que en pleno boom de la Inteligencia Artificial. Este país siempre lucirá entre dos orillas, y los que se quedan en el centro parece que la corriente del río se los lleva. “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.  

De especial relevancia destaca el romance La tierra de Alvargonzález, de estilo narrativo y que narra la historia cruenta de una familia tocada por la codicia; y los últimos versos del libro, entre ellos los Proverbios y cantares: 

I

“Nunca perseguí la gloria 

ni dejar en la memoria 

de los hombres mi canción; 

yo amo los mundos sutiles, 

ingrávidos y gentiles 

como pompas de jabón. 

me gusta verlos pintarse 

de sol y grana, volar 

bajo el cuelo azul, temblar

súbitamente y quebrarse”. 

IV 

“Nuestras horas son minutos 

cuando esperamos saber, 

y siglos cuando sabemos 

lo que se puede aprender”.

L

“-Nuestro español bosteza. 

¿Es hambre? ¿sueño? ¿hastío? 

Doctor, ¿tendrá el estómago vacío? 

– El vacío es más bien en la cabeza”.

 

 

España como leyenda negra o la máquina de los votos

Nada tiene de ensalzable que España (o “este país”, como a algunos gusta denominar su propia patria) se haya calzado el zapato de la polarización diaria. Lo lógico sería, en este sentido, que la población española celebrara con orgullo la fiesta nacional, su fiesta, la nuestra. Pero despertar del sueño supone ver desde la barrera al PP por un lado como precursor de la campaña que anima a colgar la bandera en los balcones el 12 de octubre y, por otro, una campaña institucional firmada por Pedro Sánchez en la que ya no vemos el lema “orgullosos de ser españoles”. El ya habitual #nadaquecelebrar llama a tomar las calles de Barcelona para sacar músculo, “resistencia anticolonial, antirracista, antipatriarcal”. Los abucheos en el desfile se convierten en un clásico. La melodía cansa cada año más mientras la historia se mantiene firme ante los ojos del que lo quiera leer.

España se ha convertido en uno de los pocos países que de cara al exterior parece, hoy, avergonzarse de sí mismo. Cuando antaño fue germen de un imperio que duró 300 años, que pese a la insistencia de las corrientes románticas de la leyenda negra logró la convivencia directa, no colonial y de carácter mestizo en América. Han pasado 526 años y hoy la lengua española puede presumir de 550 millones de hispanohablantes que no se avergüenzan de hablarlo. ¿Si de verdad la acción en América hubiera sido destructiva y de aniquilación podríamos dar estos datos tan alegremente? ¿sería la mayoría de la población actual de origen indígena?

El profesor Pedro Insua analiza la relación de España con moriscos, judíos y nativos americanos en 1492. España contra sus fantasmas, un libro que llega en el momento adecuado y que es de recomendable lectura para las nuevas generaciones ante el juicio moral condenatorio que la nación ha sufrido. El paso de los siglos ha generado una corriente que pone el acento en el “mito andalusí”, la idea romántica de la “España mora”, bien como un reclamo turístico, bien por intereses autonomistas, una forma de hacernos creer que la expulsión de los moriscos fue una guerra racial, cuando más bien se trató de una acción geoestratégica.

Es como si despreciar a España se hubiera convertido en motivo de ascenso, de reconocimiento, de apuesta segura. Como Juan Goytisolo en Reivindicación del conde Don Julián, la antesala de la hispanofobia en la que tilda a esa “España de mierda”. Como aquellos que defienden que la expulsión de los judíos de la península trajera el mal de la decadencia de España, sobre todo porque en pleno siglo XVI el país no se trataba precisamente de una nación económicamente retrasada.

La “España inquisitorial” contra el avance de Europa dio pie a que Darwin fijara en la actividad del Tribunal al causa de su decadencia. Según Anna Gabriel (CUP) hoy vivimos la “Santa Inquisición” porque causó revuelo la imagen de una pareja en un acto de libre albedrío sexual en el metro de Barcelona. Es la tergiversación como cruel paranoia del mal que nos ha tocado vivir. Una visión “negrolegendaria”, como así la denomina Unsua, que se convirtió en tema literario para Edgar Allan Poe o Miguel Delibes, pero que Stanley Payne recuerda en La España imperial, que en el suroeste de Alemania fueron más reos condenados a muerte de hechicería que la Inquisición en toda su historia.

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El mundo turbio ante Brassaï

Él, el fotógrafo, se adentra en el prostíbulo con su ayudante, el “cómplice”, compañero de batallas y dueño del “posado-robado” que aparecerá en sus negativos. Ella, la madame, le recibe con insignificancia. Otro loco voyeur más, opinará. Y ella, la prostituta, volverá a romper su dignidad una noche más. Lo sabe, pero no lo piensa demasiado, y el halo de recato quedará en su cara tapada por el fogonazo de la cámara. Son los bajos fondos de París de los años 30. Es la Europa que respiraba alegría antes de la Guerra. Después costaría volver a reír cigarrillo en mano. Y ese mechón engominado en la frente. Son curiosas las modas. Las de ahora y las de entonces. Pero, supongo que por el paso de los años, aquéllas transmiten una sensación de glamour entre lo chabacano.

Brassaï esperaba a la autora en la Fundación Mapfre como esa inspiración que al artista muchas veces le llega admirando los trabajos de los demás. De los que valen esa admiración, más bien. Y al salir se ve a sí misma imitando su estilo en las calles de Madrid. No queda demasiado para que pase un siglo entre unas y otras. La capital es un estallido de obras, como todos los veranos, pero este año, por aquello de que los comicios están cerca huele a yeso por todas partes. El centro es la gran maraña en la que nos gusta meternos. Luego lo agradeceremos, pero este año no.

Y Brassaï teletransporta al Lapin Agile de Montmartre. Es curioso, todo sigue (casi) como estaba, si no fuera por el estilo de las protagonistas de la foto, cuidado como hoy una instagramer ante sus followers. Entonces ellas no sabían que hoy estaríamos mirándolas con curiosidad, en pleno 2018 y casi tan descolocados como entonces. Brassaï tenía esa capacidad que pocos tienen, la de encontrar la perfección en lo banal.

¿Qué te inspira un árbol? A la mayoría un tronco con ramas, hojas y flores. A Brassaï un compendio de geometrías de distintos colores, la corteza del plátano que marca el inicio y fin de una estación, como si se tratara de la piel a punto de caerse, las escamas de una serpiente a punto de mudar. He ahí esa maravillosa unión entre los seres vivos. Unidos por células muertas. Los tejidos de la naturaleza.

El surrealismo de principios del siglo XX buscaba lo maravilloso en lo cotidiano. Pero es que lo segundo es el verdadero milagro. Brassaï era el ojo de París, como así lo apodaba su amigo Henry Miller. “Lo que más ambiciono es hacer algo nuevo y penetrante con lo banal y lo convencional, mostrar una faceta de la vida diaria como si se viera por primera vez”. El insomne lee o cuenta ovejas para dormir. Él salía a la calle a buscar luces, sombras, cortes geométricos. La ininterrumpida continuidad de la civilización.

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El preso 46664

Ley de Prohibición de Matrimonios Mixtos: no podrás casarte con personas de otras razas.

Ley de Áreas de grupo: Los grupos étnicos se separaron por zonas.

Ley de Nativos: Un negro no podía desplazarse del campo a la ciudad.

Ley del Trabajo de Nativos: los negros no pueden hacer huelga.

Ley de Servicios Públicos Separados: letreros para blancos y para negros.

Ley de Extensión de Educación Universitaria: blancos y negros no pueden ir a la misma universidad.

Los agujeros negros que deja la historia son tan crueles que creo ninguna película ni libro puede trasladar al espectador y lector ávido de conocer. Las palabras escritas más arriba se clavan en la retina, son hoy tan incomprensibles que nos obligan a releerlas. No puede ser. Lo fueron. Existieron y lo peor es que pese a los esfuerzos de alguien con la fuerza suficiente de detenerlas han dejado un poso.

El preso 46664. Hoy una marca de ropa que no usa su cara. Una mano extendida que pide justicia social. Ese término que entra dentro del diccionario de la Sociología del siglo XXI pero que clama un hueco en la historia de Sudáfrica desde al menos 300 años, tiempo durante el que la esclavitud se cebó con los que menos tenían en Sudáfrica. El apartheid (o separación) suena fuerte, como el yugo a los negros que no podían pisar los mejores parques y playas. Como otra aberración humana más. El país más racista del mundo en el que conviven once lenguas oficiales, el lugar al que llegaron portugueses y franceses huyendo de Luis XIV.

Y brota el milagro con un número: el 46664. El preso que durante 27 años vivió, si el verbo lo merece, en la cárcel para salir después con la virtud del perdón sigue siendo la figura clave para entender lo que ha pasado en Sudáfrica, donde el racismo aún amenaza con salarios más bajos para la población negra, que gana seis veces menos que la blanca. El sistema de leyes más cruel aún conserva raíces porque ni siquiera Nelson Mandela ha conseguido erradicarlo. Porque un cuarto de siglo después y pese a que por ley todos sus habitantes tienen derechos, los deportivos y las casas de lujo están a un lado de la calle, las chabolas de los township al otro. El sistema de segregación es más antiguo que el propio Apartheid, con normas jurídicas dictaminadas sin pudor en 1913, 1923 y 1936.

El oro que convirtió en pobres a sus habitantes, el disfrute de miles de europeos que llegaban a sus tierras en busca del preciado metal y que originó revueltas que terminaron en más esclavitud. Mucho le ha costado a la sociedad europea darse cuenta de la desigualdad en su población que debería disfrutar como potencia económica de un país del que brotó durante más de 100 años el 70 por ciento de oro del mundo, pero que realmente se convirtió en una condena que enterró miles de vidas.

Hay que estar preparado para morir como se sentía Mandela para no importar dejarse la vida para acabar con el odio segregacionista y evitar una guerra civil a punto de estallar. Mientras el régimen se debilitaba y aumentaba la presión internacional, recorrió varias cárceles con la mente fría del que tiene un objetivo, nada más que salvar su pueblo. Por esas agallas es incomparable su figura, pese a salirle “competidores” en contextos ni por asomo con la capacidad de acercarse a lo que consiguió. Habría que darles quizás unas clases de historia o deslizarles a Junqueras o Tardà las leyes del Apartheid cuando invocan a Mandela para comparar contextos.

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El dandismo que bajó al fango

Vestir asesinatos con el mejor estilo literario. Como hizo Truman Capote en A sangre fría. Tom Wolfe. Gay Talese. Los nuevos Hemingway. El estilo de los maestros del género, donde el patrón es el mismo: esa forma de vestir rayana en el dandismo, el misterio del hombre con sombrero que busca historias sin cuaderno. Una apuesta arriesgada y a la vez apetecible. La inmersión en el tema a estudiar. Menuda gozada en los tiempos que corren.

La gran ventaja de leer reportajes convertidos en novela es que llega un momento en el que la historia parece tan inverosímil que el lector puede llegar a pensar que está leyendo una novela fruto de las mentes más imaginativas. Pero ese es el factor mágico del Nuevo Periodismo: sus historias son reales, resultado de las investigaciones de los ávidos cronistas a los que debemos el nacimiento de este género de gran valor literario e histórico que lo hizo para salvar periódicos de la mediocridad. Por eso Capote defendía su teoría, según la cual “puedes coger cualquier tema y convertirlo en una novela testimonio”.

Ryszard Kapuściński también se encuentra en el altar del oficio, el que viajó por nosotros a África relatada a través de sus guerras en Ébano. El que describió a la antigua URSS vista con los ojos de la infancia, el niño que como adulto mantuvo que para ser buen periodista había que ser buena persona. En una de sus últimas entrevistas criticaba la corresponsalía a base de comunicado oficial en hoteles en zonas de guerra, el fin del periodismo en el terreno debido a las nuevas tecnologías, con las que el periodista se informa más desde la redacción, y sólo queda confirmar desde el lugar de los hechos. Y es una profesión en la que tejer el diálogo es fundamental para sumar fuentes, para dar la voz a los que no pueden. Es como un libro con múltiples personajes. Es algo que ya sabía Herodoto hace 2.500 años: sólo conociendo a otras personas nos conoceríamos a nosotros mismos.

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El hurto a los héroes

2 de mayo de 1808. Huele a luto en las calles de Madrid. Lo perciben hasta los perros que, acostumbrados de facto al zanganeo y la podredumbre, ese día deciden que las sobras se las coma otro. Porque aunque ellos son más de oler, ese día escucharon los sonidos de la alborada. La sublevación popular había llegado.

2 de mayo de 2018. Huele a desconcierto en las calles de Madrid. El poder afianzado durante años está, o eso dicen las encuestas, llegando al final de la mecha, ese momento en el que o tiras el petardo o te explota en las manos y allá tú con tus dedos.

¡A las armas, todos a las armas! ¡Muerte a los franchutes! Un hombre corre desesperado en dirección a la Plaza Mayor. ¡Que se llevan al infante! Cañonazos, disparos, gente corriendo arriba y abajo por las calles. Pasquines por el suelo repartidos el día anterior:

“Las diez de la mañana es la hora fatal acordada para alzar el telón a la más sangrienta tragedia”

Un turista chino recoge el escrito anónimo frente a Palacio, en la ya tradicional cola para pagar, y se lo guarda en la mochila a modo recuerdo. Hoy es la publicidad de una obra de teatro. Entonces era el preludio de un día fatal sin que la población lo supiera.

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La lectura calla necios

Amanece nublado en la villa cervantina, pero los libreros desenfundan sus productos en una plaza que huele más a celulosa durante unos días. Frente al imparable avance de Amazon, donde cualquiera puede vender sus publicaciones a través de e-books, aún hay melancólicos que disfrutan de la narcotizante experiencia de analizar los escaparates de estos quioscos.

Pero hay algo que preocupa observar en todos ellos. Entre libros escondidos sobre temáticas tan rebuscadas que es difícil no fijarse, los más vendidos se repiten como boletus en los otoños lluviosos en todas las casetas. Los nuevos escritores, o los que intentan hacerse un hueco una y otra vez ven sus sueños frustrados en un mercado que premia siempre a los mismos y deja poca oportunidad a los que se atreven a publicar, que hemos de decir, son muchos: el sector editorial registró en 2017 un 7,3 por ciento más de títulos nuevos respecto a 2016. De ellos el 31 por ciento eran digitales. Porque aún nos gusta colocar el marcapáginas, o el ticket del tren, o la lista de la compra, o en el caso de los más valientes doblar una de las esquinas con la consecuente sensación de estar hiriendo un ejemplar.

Heridas que duelen como si de un ser vivo se tratara, y recuerda una servidora una anécdota en la que en una de las redacciones en las que trabajó fue testigo de cómo entre varios redactores se repartía un ejemplar de un libro. La táctica elegida no era la de fotocopiar las páginas, sino arrancarlas directamente del lomo. Y entonces al despegarse dejaban un rastro de pegamento en forma de hilo como si de su sangre se tratara, y el dolor mental era como el de alfileres clavados. Y ese momento tan surrealista como veraz demostró ser la prueba fehaciente de que el libro es como un ejemplar de oro vivo que aguanta con estoicismo el pasar de los años, de mano en mano y de vida en vida. Y de ahí que el crecimiento del subsector digital sea lento.

7 de octubre de 1926. España celebra el primer Día del Libro. O entonces la “Fiesta del Libro Español”. Ay de muchos los que criticarían el haber puesto ese nombre por facha, fascista, y otras tantas dedicatorias, sobre todo cuando la idea había partido de un editor valenciano afincado en Barcelona. Bromas quisquillosas aparte, este país puede vanagloriarse de una calidad literaria que se encuentra en lo alto de la pirámide.

Difícil hacer una retrospectiva de lo que le depararía al país en cuestiones literarias. Hay mucho y muy bueno. Hay una evolución que coloca en los últimos años entre los más vendidos a autores de dudosa relevancia, pero cuyo puesto en las listas debe respetarse como se respeta a los lectores. Pero también hay oro. Desde Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, no recopilados y publicados hasta los años 80 y que constituyen la crema de la poesía española y debido referente en escuelas y talleres. La Colmena del Cela de los años 50, chirriante entonces para el poder por sus alusiones a temas tan escabrosos entonces como el sexo. La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset como la obra que clarificaba lo que vendría después, o Niebla, de Unamuno.

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