Emergentes: nos creímos el milagro

Teníamos la sensación de que como la lava de un volcán, iban a carbonizar Occidente. Aprendimos ya no a tenerles miedo, sino a colaborar con ellos y “we all win”. La realidad nos explota a todos con las manos no llenas, sino vacías, pese a intentarlo con el deporte como medio. ¿Si el milagro emergente era una ilusión óptica…quién crece ahora?

Brasil. Una sesión plenaria impensable hace unos años acababa con el “impeachment” a Dilma Rouseff, la reina de la democracia que podría no serlo. 55 votos a favor y 22 en contra, ahora tiene las puertas del Palacio de Planalto abiertas y el salario reducido a la mitad. Comienza ahora un juicio que durará como máximo seis meses y en el que los senadores discutirán si Rouseff ha cometido crimen de irresponsabilidad hacia la República por alterar las cuentas públicas: hacer que cuadren con dinero pedido a chorros a los grandes bancos públicos. Una hazaña que no suena demasiado lejana. Aunque una cosa es mentir sobre el déficit público, y otra distinta es usar las instituciones para ello. Una prueba más del enorme error de la estatalización, de la malograda banca pública de la que aquí en España aún nos arrepentimos de rescatar con dinero de todos los españoles.

En octubre se celebrará la votación decisiva que dictaminará si la presidenta brasileña deja su cargo. Dos tercios, 54 senadores, serán suficientes para “eliminarla”. Sus defensores creen que ante todo está la decisión de los 54 millones de personas que la han votado. Pero quizás esos 54 millones la votaron con la confianza que se le da a un representante de sus derechos. Sus derechos a que nadie les robe, si es que realmente lo ha hecho. ¿Golpe de Estado? nadie puede negar que las decisiones de esta índole se toman porque existen intereses distintos a los de Rouseff. Nadie puede justificar pese a todo el uso malintencionado de las cuentas públicas, las mismas que deben estar protegidas porque son del pueblo y porque debe regir ante todo el principio de legalidad que existe en todo Estado de Derecho.

Brasil es un país fracasado. Que decae un 3% cada año, este podría hacerlo un 3,8%. Sus bonos calificados como nivel basura. Su inflación es de casi el 10 por ciento. Y aún es la novena economía del mundo, según el FMI. La corrupción no entiende de fronteras y se ceba con todos, también con el proyecto iluminado de Lula da Silva, el mismo al que la Fiscalía del país acusa de enriquecerse de la trama de la petrolera Petrobras.

El dulce milagro económico se desvanece. La economía china crece al ritmo más bajo de los últimos 25 años, aunque no hay duda de que sigue siendo socio clave para la Unión Europea. Rusia no lo mejora poniendo trabas al inversor extranjero.

El miedo a la recesión planetaria vuelve a estar ahí. Sólo nos queda pensar eso de que la economía es cíclica. De momento las democracias que más presumían de ello se han dado un buen golpe contra el suelo. Su desigualdad sigue siendo tan real como los paisajes que reflejan las fotografías de premio.

“Las leyes son como las telas de araña, a través de las cuales pasan libremente las moscas grandes y quedan enredadas las pequeñas” Honoré de Balzac

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