Unión Europea: la patata caliente

“No existen ya problemas importantes que sean exclusivamente alemanes o incluso exclusivamente europeos. Tendremos que aprender a pensar y a actuar en términos mayores. (…) No deberíamos pensar que ciertos países están lejos de nosotros y por tanto no nos interesan”. Konrad Adenauer, padre fundador de la Unión Europea, ya ilustraba en 1955 con cierta predicción casi de corte astrológico lo que nos ocurriría. Han pasado 65 años de la firma del Tratado que hizo que este continente sacara pecho y los acontecimientos y la forma con la que la Unión Europea los está afrontando están haciendo tambalear los cimientos hacia lo que muchos ya se atreven a denominar déficit democrático.

El primer gol llegó con la crisis económica. Son cada vez más las voces que auguran que la próxima burbuja no será inmobiliaria, sino fruto de la política monetaria expansiva de Mario Draghi, que tras la catástrofe de 2011 hizo respirar a los mercados pero no borrar de un plumazo uno de los verdaderos problemas europeos, un bajo crecimiento que según el Fondo Monetario Internacional no superará el 1,5% este año. El Banco Central Europeo compró el año pasado deuda por valor de 60.000 millones de euros al mes. A partir del mes pasado, 80.000 millones. El problema europeo se llama deuda y aún no lo queremos terminar de ver. ¿Alguien se acuerda de los eurobonos? La falta de acuerdo en debates como este demuestra que no hay una verdadera unión monetaria. Y aprobamos por la mínima al afrontar el drama griego, portugués y –casi– español.

El segundo gol ha llegado desde fuera. El poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger es duro en Ensayos sobre las discordias. La caída del Muro de Berlín y los 27 años que nos separan de aquel acontecimiento histórico demuestran que tampoco hay una real unión social. Como asegura el alemán, “el egoísmo de grupo y la xenofobia son constantes antropológicas anteriores a cualquier otra forma social conocida”.  El iusnaturalismo que defendía John Locke, según el que los seres humanos gozamos de unos derechos innatos e inviolables como la vida, la libertad o la propiedad y la consecuente teoría pactista quedan ensombrecidas por las consecuencias de esos mismos derechos defendibles hasta el último extremo. Somos egoístas por naturaleza porque somos tan libres como defendía Adam Smith. Decir lo contrario es caer en una torpeza que confunde la unión para en realidad maximizar nuestras libertades individuales con otra suerte de utopías falsas.  Y ese egoísmo nos lleva a poner por delante nuestra seguridad individual.

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