El preso 46664

Ley de Prohibición de Matrimonios Mixtos: no podrás casarte con personas de otras razas.

Ley de Áreas de grupo: Los grupos étnicos se separaron por zonas.

Ley de Nativos: Un negro no podía desplazarse del campo a la ciudad.

Ley del Trabajo de Nativos: los negros no pueden hacer huelga.

Ley de Servicios Públicos Separados: letreros para blancos y para negros.

Ley de Extensión de Educación Universitaria: blancos y negros no pueden ir a la misma universidad.

Los agujeros negros que deja la historia son tan crueles que creo ninguna película ni libro puede trasladar al espectador y lector ávido de conocer. Las palabras escritas más arriba se clavan en la retina, son hoy tan incomprensibles que nos obligan a releerlas. No puede ser. Lo fueron. Existieron y lo peor es que pese a los esfuerzos de alguien con la fuerza suficiente de detenerlas han dejado un poso.

El preso 46664. Hoy una marca de ropa que no usa su cara. Una mano extendida que pide justicia social. Ese término que entra dentro del diccionario de la Sociología del siglo XXI pero que clama un hueco en la historia de Sudáfrica desde al menos 300 años, tiempo durante el que la esclavitud se cebó con los que menos tenían en Sudáfrica. El apartheid (o separación) suena fuerte, como el yugo a los negros que no podían pisar los mejores parques y playas. Como otra aberración humana más. El país más racista del mundo en el que conviven once lenguas oficiales, el lugar al que llegaron portugueses y franceses huyendo de Luis XIV.

Y brota el milagro con un número: el 46664. El preso que durante 27 años vivió, si el verbo lo merece, en la cárcel para salir después con la virtud del perdón sigue siendo la figura clave para entender lo que ha pasado en Sudáfrica, donde el racismo aún amenaza con salarios más bajos para la población negra, que gana seis veces menos que la blanca. El sistema de leyes más cruel aún conserva raíces porque ni siquiera Nelson Mandela ha conseguido erradicarlo. Porque un cuarto de siglo después y pese a que por ley todos sus habitantes tienen derechos, los deportivos y las casas de lujo están a un lado de la calle, las chabolas de los township al otro. El sistema de segregación es más antiguo que el propio Apartheid, con normas jurídicas dictaminadas sin pudor en 1913, 1923 y 1936.

El oro que convirtió en pobres a sus habitantes, el disfrute de miles de europeos que llegaban a sus tierras en busca del preciado metal y que originó revueltas que terminaron en más esclavitud. Mucho le ha costado a la sociedad europea darse cuenta de la desigualdad en su población que debería disfrutar como potencia económica de un país del que brotó durante más de 100 años el 70 por ciento de oro del mundo, pero que realmente se convirtió en una condena que enterró miles de vidas.

Hay que estar preparado para morir como se sentía Mandela para no importar dejarse la vida para acabar con el odio segregacionista y evitar una guerra civil a punto de estallar. Mientras el régimen se debilitaba y aumentaba la presión internacional, recorrió varias cárceles con la mente fría del que tiene un objetivo, nada más que salvar su pueblo. Por esas agallas es incomparable su figura, pese a salirle “competidores” en contextos ni por asomo con la capacidad de acercarse a lo que consiguió. Habría que darles quizás unas clases de historia o deslizarles a Junqueras o Tardà las leyes del Apartheid cuando invocan a Mandela para comparar contextos.

Sigue leyendo en en www.lasemana.es

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