El miedo como supervivencia

El silencio casi se escucha. Irremediablemente ya casi nos hemos acostumbrado. Dos vecinas charlan a través de la ventana. Una de ellas debe rondar los 80 años. Pese a su edad es una señora incansable. De esas que se conocen a todos los tenderos del pueblo, que disfruta la vida de barrio. De zapatos acostumbrados a pisar asfalto, es difícil no coincidir con ella en algún momento de la semana. Tiene que estar deseando que esto acabe para arañar un poco más la vida. Debe reprimir sus ganas de volver al compadreo del día a día y conformarse con asomarse a la terraza. Y da gracias. Hoy ha salido a aplaudir a las 20:00 por primera vez. Siempre salimos los mismos, con el ánimo acelerado por la iniciativa de uno de ellos de sacar un altavoz y poner un repertorio diario y en este orden: Resistiré, Paquito el chocolatero y Y viva España. Todos los días le damos las gracias a Marcos. Porque ese detalle es importante para sobrellevar la carga. 

Y así vivimos en una burbuja diaria, entregados al Estado de Alarma y a las necesidades de una sociedad que ya ha cambiado. Muchos ya ni siquiera encienden la televisión o leen la prensa. Algunos hartos de discursos evocadores de un discurso churchiliano que en 2020 está fuera de contexto. Con un plano de Pedro Sánchez cada vez más cerrado. “Ciérralo, ciérralo, que se me vea el brillo dramático en los ojos”. Es un recurso muy recurrente y que termina de bordar el texto de aquel que escriba los discursos presidenciales, sobre todo cuando existe una notoria falta de carisma con el público. Cuando la dialéctica va antes que la práctica. 

Pero lo que la mayoría siente es miedo. Mucho miedo, natural y ligado a la supervivencia del ser humano. Porque la realidad hoy duele, y mucho. Y la que está por venir. Duele por la impotencia como ciudadanos de no poder hacer nada ante una situación que se escapa ya del entendimiento en un momento en el que creímos que podíamos encajar los envistes de la vida con el ancho de banda y muchos Gigas. 

“¿Dónde vamos este verano, a Tailandia o a Japón?”. El devenir del ser humano se ha acostumbrado al gozo de la globalización. No habíamos caído, o no queríamos ver, la letra pequeña del contrato que habíamos firmado con el resto del planeta. El confinamiento puede ayudarnos a bajar al terreno de las emociones, de la vida contemplativa, del entendimiento de nuestra existencia. Al no existes sólo tú, existen otros más. Como ciudadanos tenemos una misión: evitar la catarsis de un mundo que aún debe prosperar, aunque quizás en otra dirección. En la búsqueda de otra cosa. 

Decía Nietzsche que el ser humano tiene que aprender a “no responder inmediatamente a un impulso, sino a controlar los instintos que inhiben y ponen término a las cosas”. Lo contrario, que es la trampa en la que muchos hemos caído, es una enfermedad síntoma del agotamiento extremo. La revitalización de la vida contemplativa nos ayudará a saber mirar. A saber mirar a esa señora que contempla las calles vacías. A valorar como oportunidad lo que nos queda por hacer en esta vida cuando la pesadilla termine. Era un error pensar, como asegura en La sociedad del cansancio Byung-Chul Han, que cuánto más activo uno sea, más libre es. No tengan miedo al miedo. Eso sólo significa que sentimos como personas. Como el barrendero que esta mañana dejaba en el escaparate un mensaje junto a un ramo de flores improvisado: “Gracias a todas las farmacéuticas”.