La lectura calla necios

Amanece nublado en la villa cervantina, pero los libreros desenfundan sus productos en una plaza que huele más a celulosa durante unos días. Frente al imparable avance de Amazon, donde cualquiera puede vender sus publicaciones a través de e-books, aún hay melancólicos que disfrutan de la narcotizante experiencia de analizar los escaparates de estos quioscos.

Pero hay algo que preocupa observar en todos ellos. Entre libros escondidos sobre temáticas tan rebuscadas que es difícil no fijarse, los más vendidos se repiten como boletus en los otoños lluviosos en todas las casetas. Los nuevos escritores, o los que intentan hacerse un hueco una y otra vez ven sus sueños frustrados en un mercado que premia siempre a los mismos y deja poca oportunidad a los que se atreven a publicar, que hemos de decir, son muchos: el sector editorial registró en 2017 un 7,3 por ciento más de títulos nuevos respecto a 2016. De ellos el 31 por ciento eran digitales. Porque aún nos gusta colocar el marcapáginas, o el ticket del tren, o la lista de la compra, o en el caso de los más valientes doblar una de las esquinas con la consecuente sensación de estar hiriendo un ejemplar.

Heridas que duelen como si de un ser vivo se tratara, y recuerda una servidora una anécdota en la que en una de las redacciones en las que trabajó fue testigo de cómo entre varios redactores se repartía un ejemplar de un libro. La táctica elegida no era la de fotocopiar las páginas, sino arrancarlas directamente del lomo. Y entonces al despegarse dejaban un rastro de pegamento en forma de hilo como si de su sangre se tratara, y el dolor mental era como el de alfileres clavados. Y ese momento tan surrealista como veraz demostró ser la prueba fehaciente de que el libro es como un ejemplar de oro vivo que aguanta con estoicismo el pasar de los años, de mano en mano y de vida en vida. Y de ahí que el crecimiento del subsector digital sea lento.

7 de octubre de 1926. España celebra el primer Día del Libro. O entonces la “Fiesta del Libro Español”. Ay de muchos los que criticarían el haber puesto ese nombre por facha, fascista, y otras tantas dedicatorias, sobre todo cuando la idea había partido de un editor valenciano afincado en Barcelona. Bromas quisquillosas aparte, este país puede vanagloriarse de una calidad literaria que se encuentra en lo alto de la pirámide.

Difícil hacer una retrospectiva de lo que le depararía al país en cuestiones literarias. Hay mucho y muy bueno. Hay una evolución que coloca en los últimos años entre los más vendidos a autores de dudosa relevancia, pero cuyo puesto en las listas debe respetarse como se respeta a los lectores. Pero también hay oro. Desde Sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, no recopilados y publicados hasta los años 80 y que constituyen la crema de la poesía española y debido referente en escuelas y talleres. La Colmena del Cela de los años 50, chirriante entonces para el poder por sus alusiones a temas tan escabrosos entonces como el sexo. La rebelión de las masas, de José Ortega y Gasset como la obra que clarificaba lo que vendría después, o Niebla, de Unamuno.

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Sobre lo que informamos

Creo que necesitamos conocer lo que pasa ahí fuera. Primero, por urgencia mental, cuestión de mantener la coherencia y la salud. Segundo, por un mero asunto de cultivación. Y tercero, y puede que el argumento más importante, por aplicación aquí.

Argumento número uno: Acaban de celebrarse unas elecciones históricas que suponen el ensayo de lo que ocurrirá en las Generales. Es primordial informar de lo que suponen los pactos, también cultivarse en ello. Pero llega un momento en el que los medios de comunicación nos ponemos el uniforme y no miramos más allá. ¿Cómo se castiga la corrupción en otros países? ¿Qué suponen las elecciones italianas? ¿Qué significa ese cambio que desea Reino Unido en sus relaciones históricas con la Unión Europea? ¿Cómo combate el resto de países la crisis?

Segundo. En el fondo todos somos egoístas. Nepal nos interesó mientras nuestros españoles estaban allí atrapados. Después noticias como que los niños puedan volver a los colegios de ese país pero que falten aulas para un millón de estudiantes no ha tenido la misma repercusión. Salimos a la calle y no tenemos al frente Katmandú. De acuerdo. Pero la culpa no es tanto de los lectores como de los periódicos que no llevan este tipo de información a portada. Los al menos 10.000 muertos están olvidados para todos. ¿Por qué seguimos mirándonos el ombligo? ¿Es algo que llevamos en nuestro espíritu? No es cuestión de patria o no. En el fondo seguimos asentandos en tiempos lejanos. Es ese aire de comodidad a modo isla en medio del océano. Y si no, un vistazo a lo que hacen otros que, a veces sin salir de su propio territorio informativo, abarcan algo más.newyork_times.750

El periódico New York Times abre con una información que me cuesta creer en un periódico de tirada nacional española. Y menos un lunes.Un niño gateasobre el Observatorio del World Trade Center.

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The Times titula por una noticia que seguro interesa mucho más a los ciudadanos que las rencillas entre un partido y otro que el día de mañana se habrán olvidado, sobre la investigación en la cura del cáncer. La salud es más importante. La investigación, por lo tanto, también. La agenda aquí es distinta. Estén los morados, los naranjas o los azules. Es cuestión de genes. Aunque no está de más dejarlo caer.

Publicado en www.neupic.com