Fuego y cenizas - Golpes de tinta

Fuego y cenizas: el fracaso de la política

Analicen la obra de Weber, Tocqueville o John Stuart Mill. Y ahora repasen sus vidas políticas. ¿Por qué discurren por caminos distintos? Un alto porcentaje de la teoría que hoy se imparte en las universidades no es sino la reflexión de la política que requiere la sociedad tras haber vivido de cerca el fuego y haberse quemado con él. El político escucha la llamada hacia el servicio público teorizada por Weber, pero después debe conjugar la nobleza con la astucia política. El cóctel que vivirá ya no sólo en las urnas, sino en la difícil conjugación entre la arena física y la que se vive en las redes sociales, mucho más cruel, sólo salvará a los más fuertes. 

El título del libro escrito por el intelectual y el que podría haber sido primer ministro de Canadá, Michael Ignatieff, Fuego y cenizas, resume su incursión en el salvaje circo político. Apasionante, pero complicada cuando terrenos como el parlamentario están en sus horas más bajas. “Un arte carismático, dependiente de la capacidad de persuasión, de la oratoria y de una perseverancia a prueba de bombas”, puntualiza el autor. 

Ignatieff escribe este manuscrito para pactar la concordia con su pasado y alertar a las jóvenes promesas de las reglas no escritas de la política moderna. Es también la confesión de la trastienda del liberalismo en el siglo XXI, que lucha a contracorriente por no ser devorado por las fauces del resto de corrientes políticas, donde el nacionalismo lleva asomándose desde hace tiempo para quedarse, donde los extremos se tocan hasta devorar al centro. Pero para el académico de las prestigiosas universidades de Cambridge, Oxford o Harvard, aquella primera llamada le sonó apetitosa. ¿Por qué no intentarlo? Tanto como para convertirse en el líder del Partido Liberal de Canadá desde 2008 a 2011. Ambicioso, con la crisis económica como mayor prueba para novatos. Pero por encima de todo ello hay algo mucho más complicado de sobrellevar. 

Ignatieff hizo muchas cosas bien, pero una muy importante le expulsó con fuerza de la rueda política. Como buen académico y conocedor de las teorías básicas de esta ciencia, trató de evitar lo que apunta a estar a punto de desaparecer: la vinculación con lo físico. Que el lugar de la política sea el salón de actos, bares, restaurantes o fiestas patronales. Cuando la democracia tiene su único contacto con la sociedad a la que sirve a través de las pantallas de televisión o las redes sociales “tendremos problemas, porque estaremos totalmente en las manos de los asesores de imagen y de las fantasías que inventan”. ¿Les suena de algo? El marketing político se ha convertido en la asignatura troncal de cualquier candidato. El alma de la perpetuación ejecutiva, a costa de prácticas en ocasiones de dudosa legitimidad. Pero es la realidad y no queda otra que aceptarla. 

Y la inocencia pudo con Ignatieff. O quizás el exceso de nobleza. Cuenta en Fuego y cenizas que en una ocasión una periodista le confesó que era el tipo de campañas que él practicaba las que le habían animado a estudiar su profesión. Donde el candidato no era una estrella del pop rodeada de matones, sino una persona con capacidad de escuchar a los demás para después darle sentido a sus discursos y a sus acciones. De sentarse con la prensa en autobuses y aviones, cuando hoy todo parte de una estrategia y se penaliza la enpontaneidad. Paradoja de la política, porque es precisamente su manera de hacer política la que en realidad se acerca a los votantes. Pero tarde, se dio cuenta tarde de que las campañas son ya permanentes. Y la astucia debe dominar al candidato para saber diferenciar los golpes bajos. Y fue entonces cuando le atizó la peor de las bofetadas: la publicidad negativa. 

Y cayó en la cuenta de que un anuncio en plena super bowl podría hundirle la carrera aunque ello suponga tergiversar la realidad. En un contexto de volatilidad del voto cada vez más individualizado, donde no se eligen partidos sino candidatos, “se puede manipular de igual forma que los anunciantes manipulan la compra de una pastilla de jabón”. El ciudadano queda anulado y llevado por el camino intencionado de los estrategas. Y con ello minusvaloran la importancia de su decisión, que pese a algunas corrientes que arrojan votos improvisados, es en realidad “la expresión de lealtad simbólica”. 

Merece la pena leer la experiencia de la derrota cuando además está hecha desde la humildad absoluta de un político con una mente abierta y por tanto libre de inicio, el rara avis que sabemos nunca triunfaría hoy en política por, entre otras razones, la disciplina de partido: “si un político no es partidista, no da la cara por las ideas de su equipo y comienza su propia línea de discurso, no es un político sino un necio (…) pero para muchos votantes la política partidista es un espectáculo hipócrita realizado en beneficio exclusivo de la clase política”. 

“Aprendí que uno no puede refugiarse en la pureza moral si quiere lograr algo pero, de igual modo, si sacrifica todo principio, uno pierde la razón por la que entró en política”. ¿Sacrificamos todo principio al poner por delante de todo la lealtad? 

Fuego y cenizas promete una reflexión sobre la realidad democrática que estamos viviendo. Esa de titulares fáciles, de guerracivilismos y caceroladas de desahogo. Convertir los adversarios en enemigos, sin caer en la cuenta que mañana pueden convertirse en aliados, es el gran error de nuestro tiempo y por el que precisamente existen los parlamentos. ¿Pero qué son hoy los parlamentos y el debate cuando el poder recae de lleno en el Ejecutivo y la Administración? Esta última reflexión no sólo es la conclusión vivida en su propia existencia. Es letal y real, porque certifica el camino a la perdición en la que nos encontramos en nuestro propio país cuando su propósito es salvarnos de lo peor. ¿Fracasó Ignatieff o lo ha hecho la política?

Entre cavernícolas e imborrables

Virginia Woolf no deseaba que las mujeres tuvieran el poder sobre los hombres, sino “sobre ellas mismas”. El ser humano como ciudadano debe luchar por sus derechos individuales entre iguales. Y esa debe ser la lucha. Las mujeres no están por encima de los hombres, al igual que éstos tampoco lo deben estar. Es la meritocracia la que tiene que prevalecer por encima del género. En caso contrario y con las cualidades humanas anuladas por cuestión de género, estamos perdidos.

Y lo escribe una mujer que no quiere tirar piedras sobre su propio tejado. Enorgullecen los primeros pasos marcados con fuego: la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de 1791 (aunque llegara dos años después) sello de Olympe de Gouges. La Asociación Americana para el Sufragio de las Mujeres, el acceso por primera vez en España de una mujer a la universidad (eso sí, bajo el permiso especial del rey Amadeo I). Marie Curie recibe el Premio Nobel de Física. Margaret Thatcher llega al poder. La Constitución española reconoce la igualdad entre hombres y mujeres. Son los hitos logrados hasta ahora. Que podrían acabar reducidos a cenizas si perdemos la personalidad y heroicidad de lo conseguido hasta ahora.

Y sí, aunque en los últimos años la brecha salarial entre hombres y mujeres se ha reducido, habrá que esperar 70 años para que desaparezca según la Organización Internacional del Trabajo. Con la lacra de la violencia de género, que dejó al menos 56 mujeres asesinadas en 2017. Que debe seguir teniendo el altavoz en los medios de comunicación y recibir el apoyo necesario por parte de la sociedad.

Y llegó el movimiento #Metoo. Y las actrices se vistieron de negro contra Harvey Weinstein o Kevin Spacey. Y en España, con escasa personalidad por cierto, apoyó la campaña en los Premios Goya. Pero esa misma noche vimos dos directoras nominadas al legendario cabezón. La gala, que tendría que haber sido la más reivindicativa, se convirtió en la más cavernícola, con una presentación que, ya sabemos, dejó mucho que desear, con una aparición estelar de la actriz Cristina Castaño que mereció haberlo hecho toda la gala, para olvidar así vómitos inemitibles y dientes pintados de chocolate al más puro estilo adolescente acnéico por parte de Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes, pareja que en otros contextos han despertado en muchos de nosotros alguna que otra carcajada.

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La cultura según Emilio Lledó

“La riqueza de un pueblo no es la del suelo, sino la del cerebro”. “La ignorancia cultivada genera violencia”. Leer a Emilio Lledó es enriquecer la mente. En su discurso en la RAE Las palabras en su espejoEmilio_Lledó Su profundo estudio de la filosofía y el lenguaje le ha llevado a desmenuzar con conciencia a los clásicos griegos Aristóteles o Platón, embrión de El surco del tiempo con el que ganó el Premio Nacional de las Letras. Habla de educación como amor a las letras. El logos, la hermenéutica. Historia de los clásicos que ya no se estudia como antes.

¿Falta moral? lo primero es la cultura. ¿Lo es para nuestros gobernantes? la respuesta es negativa. Con números se sostienen nuestras casas, con intelecto se consiguen y mantienen esos números. Un hecho que a veces olvidamos, sumidos en esa “empobrecida individualidad”, como lamentaba en esta entrevista a ABC. “La característica esencial del político es que sea una buena persona”.

¿Haremos caso de sus enseñanzas? Faltan filósofos. “La culpa la tiene esa concepción cuadriculada de la enseñanza que hace que los alumnos se obsesionen con que están en la universidad para ganarse la vida”, aseguraba a El Cultural. Para cultivarnos con su sabiduría, tareas a partir de hoy:

Los libros y la libertad
Filosofía y lenguaje 
Elogio de la infelicidad
El epicureísmo
El surco del tiempo
Imágenes y palabras
La memoria del logos
Lenguaje e historia 
Memoria de la ética
Días y libros
El silencio de la escritura