Entre cavernícolas e imborrables

Virginia Woolf no deseaba que las mujeres tuvieran el poder sobre los hombres, sino “sobre ellas mismas”. El ser humano como ciudadano debe luchar por sus derechos individuales entre iguales. Y esa debe ser la lucha. Las mujeres no están por encima de los hombres, al igual que éstos tampoco lo deben estar. Es la meritocracia la que tiene que prevalecer por encima del género. En caso contrario y con las cualidades humanas anuladas por cuestión de género, estamos perdidos.

Y lo escribe una mujer que no quiere tirar piedras sobre su propio tejado. Enorgullecen los primeros pasos marcados con fuego: la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de 1791 (aunque llegara dos años después) sello de Olympe de Gouges. La Asociación Americana para el Sufragio de las Mujeres, el acceso por primera vez en España de una mujer a la universidad (eso sí, bajo el permiso especial del rey Amadeo I). Marie Curie recibe el Premio Nobel de Física. Margaret Thatcher llega al poder. La Constitución española reconoce la igualdad entre hombres y mujeres. Son los hitos logrados hasta ahora. Que podrían acabar reducidos a cenizas si perdemos la personalidad y heroicidad de lo conseguido hasta ahora.

Y sí, aunque en los últimos años la brecha salarial entre hombres y mujeres se ha reducido, habrá que esperar 70 años para que desaparezca según la Organización Internacional del Trabajo. Con la lacra de la violencia de género, que dejó al menos 56 mujeres asesinadas en 2017. Que debe seguir teniendo el altavoz en los medios de comunicación y recibir el apoyo necesario por parte de la sociedad.

Y llegó el movimiento #Metoo. Y las actrices se vistieron de negro contra Harvey Weinstein o Kevin Spacey. Y en España, con escasa personalidad por cierto, apoyó la campaña en los Premios Goya. Pero esa misma noche vimos dos directoras nominadas al legendario cabezón. La gala, que tendría que haber sido la más reivindicativa, se convirtió en la más cavernícola, con una presentación que, ya sabemos, dejó mucho que desear, con una aparición estelar de la actriz Cristina Castaño que mereció haberlo hecho toda la gala, para olvidar así vómitos inemitibles y dientes pintados de chocolate al más puro estilo adolescente acnéico por parte de Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes, pareja que en otros contextos han despertado en muchos de nosotros alguna que otra carcajada.

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¿Qué le lanzarías a un político?

La pregunta suena agresiva. Fuerte. Llena de odio para algunos. Para otros repleta de desesperación. Pero no tiene por qué serlo. Hay formas y formas. Puedes tirar billetes, lanzar confeti. O una pregunta.

No entiendo por qué dejaron de emitir ese programa en el que un ciudadano normal y corriente le preguntaba al presidente del Gobierno por lo que le pareciera más importante. Pero después de meditarlo un poco, no demasiado, caigo en la cuenta. Ese espacio televisivo también dejó en evidencia a los mismos que nos representan. Ni saben comunicar, ni lo que vale un café en cualquier bar. Qué mejor que eliminarlo entonces.

Si fuera presidente del Gobierno abriría mi despacho todas las mañanas durante dos horas a los ciudadanos que quisieran para que me contaran sus problemas. Las anotaría con sumo cuidado y las llevaría después al resto de mi equipo de Gobierno para votarlas. Suena bien la idea, ¿a que sí? No sé si será tan fácil. No lo será si se ha puesto de moda hacer performances delante de los líderes en plena rueda de prensa para reivindicar acciones y peticiones.

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Sobre lo que informamos

Creo que necesitamos conocer lo que pasa ahí fuera. Primero, por urgencia mental, cuestión de mantener la coherencia y la salud. Segundo, por un mero asunto de cultivación. Y tercero, y puede que el argumento más importante, por aplicación aquí.

Argumento número uno: Acaban de celebrarse unas elecciones históricas que suponen el ensayo de lo que ocurrirá en las Generales. Es primordial informar de lo que suponen los pactos, también cultivarse en ello. Pero llega un momento en el que los medios de comunicación nos ponemos el uniforme y no miramos más allá. ¿Cómo se castiga la corrupción en otros países? ¿Qué suponen las elecciones italianas? ¿Qué significa ese cambio que desea Reino Unido en sus relaciones históricas con la Unión Europea? ¿Cómo combate el resto de países la crisis?

Segundo. En el fondo todos somos egoístas. Nepal nos interesó mientras nuestros españoles estaban allí atrapados. Después noticias como que los niños puedan volver a los colegios de ese país pero que falten aulas para un millón de estudiantes no ha tenido la misma repercusión. Salimos a la calle y no tenemos al frente Katmandú. De acuerdo. Pero la culpa no es tanto de los lectores como de los periódicos que no llevan este tipo de información a portada. Los al menos 10.000 muertos están olvidados para todos. ¿Por qué seguimos mirándonos el ombligo? ¿Es algo que llevamos en nuestro espíritu? No es cuestión de patria o no. En el fondo seguimos asentandos en tiempos lejanos. Es ese aire de comodidad a modo isla en medio del océano. Y si no, un vistazo a lo que hacen otros que, a veces sin salir de su propio territorio informativo, abarcan algo más.newyork_times.750

El periódico New York Times abre con una información que me cuesta creer en un periódico de tirada nacional española. Y menos un lunes.Un niño gateasobre el Observatorio del World Trade Center.

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The Times titula por una noticia que seguro interesa mucho más a los ciudadanos que las rencillas entre un partido y otro que el día de mañana se habrán olvidado, sobre la investigación en la cura del cáncer. La salud es más importante. La investigación, por lo tanto, también. La agenda aquí es distinta. Estén los morados, los naranjas o los azules. Es cuestión de genes. Aunque no está de más dejarlo caer.

Publicado en www.neupic.com